¡Relato personalizado!

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RELATO: EL SALTO



EL SALTO




 Lara se acomodó en su sillón favorito y se dispuso a disfrutar del último modelo de gafas virtuales que le habían regalado en su último cumpleaños.

Mientras se las colocaba, suspiró, recordando el hermoso viaje realizado con ellas la última vez.
Un letrero intermitente parpadeó frente a sus ojos mostrando la fecha en la pantalla holográfica.
 
La musiquilla de inicio la predispuso a comenzar su paseo. Alzó su mano enguantada para seleccionar el tipo de juego o ensoñación virtual.


Lara no hacía más que recrear a través de las gafas de realidad aumentada algo que había experimentado de manera natural hacía un año durante una excursión en las montañas de Monserrat. 

Recordó que en aquella ocasión se hallaba sola, algo aturdida todavía por el ruido de la ciudad y los problemas del trabajo. Todo dentro de ella parecía desordenado y doloroso. Le dolía pensar que tendría que volver a pasar un montón de horas en un lugar gris, donde siempre realizaba la misma tarea aburrida y vacía.

Aquella tarde pudo robar un poco de tiempo al trabajo y escapar a la naturaleza. Todavía era capaz de sentir el aroma suave de la alameda entre dulce y húmedo. Lo que aquella tarde recibió en aquel lugar le cambió la vida.

De manera misteriosa y por alguna extraña razón, en aquel sitio recibió un don maravilloso, o tal vez simplemente recordó algo que ya estaba en ella siendo una niña, porque tenía memorias infantiles de alegría casi extásica mientras jugaba bajo el sol del atardecer. 
Era como si estuviera  apunto de asir algo hermoso e indeleble y sin embargo desdibujado, como una acuarela que mantiene sus preciosos tonos de color mientras los contornos son diluidos por el tiempo y la tristeza que conduce a la apatía justo antes de rendirse.

Tecleó en el aire sobre unos iconos luminosos que sólo ella podía ver,  de repente un gran espacio verde iluminó sus ojos, “pulse en memoria guardada para continuar” ordenó el programa. 

Lara acomodó su sillón, ni muy tumbado ni muy vertical, no quería dormirse en mitad del la vivencia 3D, necesitaba estar atenta y no perder ningún detalle.

Este nuevo programa tenía la cualidad de recrear las imágenes tomándolas de su propia memoria inconsciente.
Cada día alimentaba aquella sensación que la conmovía tan profundamente. “¿Será un recuerdo de otra vida? ¿De donde viene esa añoranza de algo tan exquisito y dulce? 

Siempre comenzaba la recreación virtual con un paseo por el campo. Como en aquella ocasión en su pasado; sus ojos se maravillaban con todo lo que observaba, como una niña descubriendo el mundo. Las gafas proyectaban de manera virtual pero totalmente vívida la luz del sol sobre la hierba, y parecía no sólo iluminar sino dotar de una vibración particular a todas las cosas. Éstas se dibujaban claras y vibrantes como provistas de energía vital.

La textura de las hojas, enervadas en capilares laberínticos, le parecía una obra de micro-arquitectura bella y perfecta; y los colores… no es que fueran vivos ¡es que estaban vivos! Las caléndulas amarillas emergían como pequeños soles entre la hierba fresca; la lavanda, destacaba su color violeta balanceando sus espigas enhiestas, ajenas a su propia hermosura.
Ahí querría permanecer para siempre, en este lugar sencillo y claro, colmado de vida; ajeno al ego torturador y la complicación humana. 
Sin embargo, llegado a un determinado lugar del paseo, la visión holográfica siempre parecía perder fuerza, la inspiración y la emoción de la contemplación se iba difuminando, convirtiéndose paulatina e inexorablemente en algo tan vulgar y anodino que tenía que apagar las gafas y salir de la proyección llena de frustración.
Siempre le ocurría al acercarse a un gran acantilado. Asomada al abismo tenía la sensación de estar a punto de recordar algo importante, que tenía que ver con ella, con su pasado, pero cuanto más se esforzaba por recordar más vitalidad perdía; como si su subconsciente censurara a su propia mente, todo quedaba desprovisto del vigor y la belleza del momento anterior, volviéndose tan vulgar y anodino que le resultaba insoportable.
Tenía que volver a la realidad cotidiana, un lugar en el que no quería estar, porque sabía que no estaba hecha para vivir así, como una autómata repitiendo lo mismo día tras día.



 Podía ver cada día la desilusión y la tristeza en las caras de la gente como un reflejo de la suya. Esta situación generalizada en la humanidad actual, le parecía la peor pandemia del mundo actual, pese a las "bondades" de la tecnología creía que aquella era la enfermedad del vacío.


A pesar de todo, Lara no podía renunciar a recrear la luz y la belleza de aquel instante de plenitud en el bosque. Se aferraba a aquel momento como si fuera lo único que podía salvarla.

Martina, su compañera de oficina, aquella mañana estaba especialmente deprimida, a veces le preocupaba de verdad. Parecía sobrevivir a duras penas en una nube oscura de constante temor. 
Desgraciadamente hacía tiempo que había perdido la fe en la vida y lo peor, en sí misma; y como si la vida se empeñara en darle la razón, todo a su alrededor parecía derrumbarse. Había perdido a su padre, había sido traicionada por su pareja y diagnosticada de un cáncer de pecho, todo eso en menos de tres meses.

Un ambiente hostil y apesadumbrado dominaba casi  por completo todos los lugares donde iba. La gente temía a las constantes pandemias, que de repente habían aparecido por todas partes de manera simultánea, y la paradoja es que por miedo a la muerte nadie se atrevía a vivir. 





Lara se percató de que cuanto más se acercaba al recuerdo bloqueado más se alejaba del mundo ordinario. Tenía la clara sensación de que el mundo real cada vez era menos real, menos lógico y carente de todo sentido común. 
Se hallaba en una sociedad hipocondríaca y carente de criterio más allá de la televisión, donde se estaba normalizando lo absurdo; y le sorprendía que nadie se percatara de ello.

Aquella tarde, como otras, se acomodó en su sillón y enguantándose la mano derecha tecleó en el aire los códigos de acceso. Una voz electrónica le ordenó “pulse en memoria guardada para continuar” y volvió a parecer la alameda, el sol brillante atravesándolo todo, esta vez una mariposa amarilla se paró sobre una espiga, frente a ella, parecía querer mostrarle los bellos colores de sus alas
“Que hermosa eres” dijo fijándose en el dibujo con forma de corazón. De repente supo que era una señal para ella. 

 Se podía acercar tanto, que podría haberla cogido si hubiera querido, pero le pareció demasiado bella para privarla de la libertad.

“Todo está tan lleno de vida..., es como si lo sintiera en mi, como si todo formara parte de mi” pensó fascinada “Todo esta vivo y puedo sentirlo a través de mí” exclamó riendo. 

Sorprendida por esta revelación, quiso explicarlo con palabras pero no pudo, tal vez era simplemente la expresión de la experiencia vivida con la totalidad de su conciencia más allá de la propia mente era una experiencia de todo su ser. Sonrió fascinada ante esta nueva forma de experimentar la propia vida.

Caminó hasta el acantilado, y de repente, como otras veces, dejó de sentir toda esta extraordinaria energía, como si el abismo del acantilado se la hubiera engullido, absorbiendo toda la poesía y la belleza dejando sólo lo superficial desprovisto de su esencia, la materia hueca e intrascendente del paisaje.
Una vez más se arrancó las gafas llena de frustración. Tuvo que volver a la realidad gris, repetitiva, caminar con otros autómatas, todos con prisa, con tareas pendientes, irritados y ausentes de sus propias vidas.

Sólo en los ratitos en los que escapaba al parque frente a la oficina, podía respirar y sentir el alivio de los rayos del sol sobre su cuerpo frío.


 Muchas personas esperaban un evento extraordinario que lo cambiaría todo, pero Lara sabía que el gran evento vendría silencioso y discreto, invisible y sin embargo poderoso, con un poder de transformación absoluto, y que sólo se daría en el momento en que el individuo tomara conciencia de sus miedos y límites, siendo capaz de asumirlos y comprenderlos hasta llegar a transformarlos en confianza, poder y alegría.

Cuantas veces había tratado de hablar sobre esto con Martina, y ella había preferido hablar de su mala suerte, de los desprecios que recibía, y de su malestar, como si hablar de su sufrimiento le produjera  un placer morboso.

El ser humano dicen que es el único animal capaz de acostumbrarse  e incluso regodearse en su infelicidad y sufrimiento.

Cada vez sentía a Martina más lejos, y le apenaba porque la quería. Lara era capaz de ver su bondad y belleza interior escondida debajo del lamento resentido, pero de nada servía si ella misma no era capaz de reconocer estos dones en sí misma.

Cada vez se sentía más distante del mundo cotidiano que la rodeaba, no podía evitar contemplarlo como una acuarela perdiendo sus matices, su fondo y su sentido, si es que alguna vez lo tuvo.


Al día siguiente volvió a acomodarse en el sillón colocándose las gafas, para intentar una vez más superar el bloqueo y averiguar lo que ocultaba el acantilado.

De nuevo, la belleza, la vida, la luz inundándolo todo, pero temía llegar al acantilado.

Lara súbitamente sintió unas profundas ganas de llorar, y temió estropear las gafas, a pesar de todo no pudo contener la intensa pena y rompió en un llanto descontrolado “¿Por qué o por quien lloras?” se preguntaba a sí misma. 
Había llegado al gran acantilado. Permanecía en el borde mirándose la punta de sus pies.
“¿De qué tienes miedo?” se dijo entre sollozos, “del abismo” se escuchó decir sorprendida de su propia respuesta. 
Levantó la mirada y comprendió que era el abismo frente a ella lo que le impedía llegar  hasta su objetivo. El abismo era su propio miedo, un enorme vacío, una muerte segura, y sin embargo no tenía opción. 
De nuevo se miró los pies para superar el vértigo de la profunda grieta.

Lara no podía tirar la toalla esta vez, no podía volver a la vida vacía y plana, ...no quería ser una muerta viva.
Si tenía que ser una muerta lo sería con todas las consecuencias y con toda su conciencia. 
Volvió a mirar al fondo del acantilado y sintió cómo éste tiraba de su cuerpo delgado. 
“Ohh, Dios mío...” el vértigo la tomó de nuevo y se balanceó mareada.

Una mariposa dorada se detuvo frente a ella, ligera, grácil, e ignorante del enorme hueco de bajo. La miró con intensidad, como si fuera lo más natural del mundo ésta le habló “¿No quieres volar?” “Tus alas tienen el dibujo de un corazón” Le dijo ella eludiendo una respuesta directa, “si, es tu corazón, ¿recuerdas?, ya lo has visto antes”, le dijo el insecto “¿Por qué lo tienes tú?” “Tu me encargaste la tarea de guardarlo hasta tu regreso” “Aquel día en el campo, cuando me viste fue la señal” “¿La señal de que?” “¿No recuerdas nada? La señal para el retorno. Lara sintió como su pecho se inflamaba al escuchar estas palabras, y de nuevo estalló  en un llanto incontenible, sintiendo una profunda compasión por ella misma. 

Cuanto había sufrido todos estos años, cuanta soledad... “Tengo miedo” dijo, “Tienes que morir para volver a la vida, pero has de elegir”, le dijo la mariposa, y siguió, “las instrucciones son entregarte el corazón en el otro lado del abismo” le recordó “¿Por que no puedo tener el corazón aquí, en tierra firme?” “El corazón no puede prosperar en ambientes corruptos” fue la sorprendente y categórica respuesta del insecto. Lara lo sabía, sólo estaba intentando ganar tiempo. Miró de nuevo al profundo hueco balanceándose peligrosamente, no podía ver entre la humedad de las lágrimas, pero reconoció que se estaba apegando a lo que la hería profundamente, pensó que no era tan distinta de los demás. 
La realidad es que temía soltarse y entregarlo todo, sabía que en el salto sería desposeída de toda identidad, tal vez de su propio cuerpo. Si saltaba moría, y si no saltaba estaba muerta.

Lara osciló hacia delante, y su cuerpo calló al abismo. Dejó que el vértigo la traspasara, luego se percató de que no estaba sola, la mariposa caía junto a ella, el corazón de sus alas parecía brillar más que nunca.

No sintió ningún impacto, tan solo un leve tirón cuando las gafas se cayeron al suelo. Resoplaba intentando respirar.

Se acercó a la ventana de su habitación, la mariposa apareció tras la ventana, la abrió ilusionada dejando que entrase. De manera inesperada comenzó a iluminárse más y más hasta convertirse en un ser angélico de extraordinaria belleza, de cabello largo y una luz amorosa en la mirada. Sobre sus blancas manos portaba algo rosado y luminoso. “Aquí lo tienes” “Has sido muy valiente Lara”.

Lara tomó su corazón y lo introdujo en su pecho, sin esfuerzo, fundiéndose suavemente como si reconociera su lugar original. “¿Por qué ha tenido que ser así?” quiso preguntar al ser “Es la ley, vosotros elegís bajar a la tierra, pero se os borra la memoria original de vuestro autentico linaje estelar” “ Aunque creéis que es la vida la que elige las experiencias, sois vosotros lo que siempre elegís con cada pensamiento, emoción y acción generando realidades en vuestra vida.”

Lara suspiró profundamente al comprender, por fin se sintió en paz. Su corazón conectó con un sentimiento tan profundo de plenitud que rió sin poder contener tanta belleza. “¡Cuanto amor...!” Dijo emocionada.
  

Sintió que no había separación, la belleza era la manifestación de todas las conciencias interactuando desde el mismo lugar. La naturaleza y cada ser que la habitaba era uno con Lara, y se dio cuenta que era lo más natural del mundo, y que lo de antes era un artificio creado desde la desconexión. 
Esto no tenía nada que ver con religión ni filosofía de ninguna clase, no era algo que pudiera explicarse en un libro, esto era verdad, era lo más real que nunca había sentido, soltó una carcajada y dijo "sólo había que elegir y tomar una decisión", tan simple como permitir que la vida viva a través de tí.

Algunos pensaron que Lara había desaparecido, porque nunca más se encontraron con ella.
Sin embargo estaba allí, solo que su liviandad, la mantenía lejos de lo pesado, su luz, apartada de lo oscuro y su alegría, conectada a la vida ligera y vibrante.



 Ángeles Saloa
2013

reservados los derechos de autor.

Este cuento puede ser compartido siempre y cuando se respete su autoría.

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Ángeles Saloa
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